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Me parece que me descubrieron. Yo no escribo, es cierto. Tal vez hago pinceladas, voy manchando con color, boceto ideas. Es cierto, y además debo reconocer que mi atracción por los climas es auténtica, es casi un sentimiento. O no. Pero de ninguna manera es ni consecuencia ni huella de haber cursado Meteorología alguna vez.
Pero ahora que revelaron mi truco, que ya no puedo engañar a nadie, voy a desenmascarar a todos los demás. A los que supuestamente escriben conmigo en Odradek.
Empecemos por Gárriz, Roberto Gárriz. Uno lo lee y desde ya es un placer ver cómo encuentra la palabra precisa en la frase imprescindible. De un pantallazo breve y contundente instala cada situación sin vueltas. Para colmo sus ideas son extraídas del pensamiento universal -aparentemente accesible para todo el mundo- pero que a nadie, como a él, nos es dado jamás interceptarlas (algunas palabras que uso hacen sonreír a mis amigos). Pero volviendo al tema Gárriz, y hablando de pantallazo, lo que él hace no es escritura, es cine. Vean sus textos: escena, corte a otra escena, funde a negro, escena.... y no falta nada ¿qué pasa entonces? Es cine. Cine de autor, guiones imperdibles ¡pero es cine!
Hay otra que hace cine, que tampoco escribe: Yanina Bouche. Un largo muestrario de cortometrajes que preparan el terreno para la gran película de humor trágico, mordaz, que tanta falta le hace a nuestro séptimo arte. Y que nos tiene aquí esperando.
A la sazón, sería lícito mencionar que Vanesa Pafundo también nos hace hasta rogar que continúe con lo que nos viene cocinando y nos ofrece tan racionadamente. Uno se tiene que conformar haciendo replay de su paso a paso por MDS, tratar de anotar sus exquisitos ingredientes y pasarle la mano a las miguitas que nos dejó en el mantel, relamiéndose mientras sigue esperando -aunque al fin la espera siempre algo de dulce tiene.
Por cercanía me ocuparé de Adrián Drut. Él hace jazz, no escribe. Cómo se explica si no, que cuando uno termina de leer algo suyo, de golpe se ve rodeado de vasos, humo, amigotes, poca luz, y música, sobre todo música, bajita, ahí, una zapadita de trasnoche o un tremendo estampido de trompeta, y un ventilador de techo que gira acalorado entre las risas? Porque hace jazz, no escribe.
Lo mismo que Mariano Quintero. Ahí lo tenemos, haciendo historieta al mejor estilo Tarantino. Sangriento y desbocado. Entre el cadáver risueño y el delito impune. En realidad, los renglones blancos entre párrafo y párrafo son las divisiones de los cuadritos de la historieta, a veces traspasados, si miran bien, por trompazos o puntapiés concretos o insinuados, que no se leen pero se ven, procurados entre los personajes: STUMP! AUCHCH! POGHZT! AGHHHJJ...!!!!
Tampoco escribe María Martha Gigena, digámoslo. Ventila vida y obra de esa pobre chica, Betty, tan modosita, adorable, que uno tiene ganas de... bueno, no de llevársela a su casa, pero de tratarla en serio, no sé, de otro modo. Porque lo que le falta a Betty es que alguien la trate bien, que la entienda, porque es medio rara, pero tal vez una pastillita en el té, no sé, pero bueno, uno se fue acostumbrando y quiere saber más... y más...
En cambio Germán García hace algo que tiene más que ver con la escritura: reescribe. O reinscribe. Reinscribe el testimonio de hechos no pasados. Es decir, hechos que no dejan de pasar, que no constituyen un pasado. Y no es que juegue con la verdad de la historia. No juega: baila con la verdadera historia, vuelta va, vuelta viene. Es un fenómeno en la pista.
Y bueno, Ezequiel De Rosso. En vez de escribir, destila. Con lujo de detalle destila gota a gota -y no se agota- todo lo que acapara en esa mente descomunal. Pero ¿eso es escribir? Claro, yo si tuviera todo lo que ese sujeto tiene en la cabeza, también, me pongo a escribir, y escribo.

Nora Martínez



Este blog se mantiene con escritores de la Revista Odradek

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